lunes, 24 de febrero de 2014

Cuerpos resonantes

Eso era lo que sucedía cuando ella encontraba una mirada sincera que adornara los ojos de un alma
flotante, tangible, real. Por más que lo intentaba no podía evitar sentirse fascinada por las historias que escuchaba. Las palabras de aquel hombre traspasaban todos los filtros de inmunidad, rasgaban en dos pedazos su naturaleza y sometían su carne a una humanidad imposible de controlar.

No entregarse era una contradicción sin sentido, negar la verdad que habitaba entre dos cuerpos desconocidos que parecieran estar hechos del mismo polvo, hubiera sido semejante a un asesinato a sangre fría. La noche soplaba con un viento liberador, las bocanadas de aire que exhalaban parecían purificar la maldad y barrer los estragos de finales amargos y desalentadores; No había pasado que condenara ese momento, no había más futuro que el cielo oscuro anunciando una noche más sobre la misma ciudad, dispuesta a dejar de ser una de tantas, una del montón, una que no valiera la pena recordar.

Durante tantas horas lo miraba, lo observaba, lo conocía, lo tatuaba a puntadas sobre su corazón; con cada punzaba los órganos parecían volver a latir, despertar, casi revivir. Lo besó en su mente tantas veces que cuando finalmente el enredó sus labios sobre ella, no tuvo más opción que afianzarce a ellos de una manera violenta, desesperada, imprudente. Reconocía el peso, el olor, el tono magenta de su rostro pintado por la luz, el ejercicio de condensar en fotográmas, al rítmo de un estrobo, la espiral acogedora del amor. Se aferraba a sus brazos cómo si se aferrara a la vida misma, impulsos nerviosos que corrían en contravía y en una velocidad excesiva, llena de adrenalina.
Y después reían, si reían juntos, como si se conocieran, cómo si pudieran ver el vacío profundo y aterrorizador que se escondía dentro, cómo si estuvieran dispuestos a caer juntos, abrazados, entrelazados; cómo dos enfermos que han encontrado la cura.

Ella, un cuerpo capaz de vibrar fuera de la secuencia natural. El, una fuerza relativamente pequeña capaz de aumentar de forma progresiva la amplitudo del movimiento. Ellos, unión que podría ser destructiva, como el vaso que se rompe cuando una soprano canta.

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