No se que estoy haciendo aquí. Es como la pregunta que ha
estado martillando mi cabeza estos últimos días. ¿Cómo puedo preguntarme tantas
veces la misma línea para la cual ya tengo una respuesta? Pero no me basta. Me
salta como uno de esos correos automatizados que están predeterminados para
responderte en cuanto reciben la orden, solo un efecto mecánico de la
programación, pero sin un pizca de humanidad que cargue las palabras, es más, no se como pueda calificar a esa unión de
letras una palabra, cuando fueron expulsadas por un aparato híbrido y
calculador, sin sentido.
Sé que estoy exactamente dónde debo de estar, pero no se en
realidad porqué llevo tanto tiempo tomando este tipo de decisiones. Me limito,
me limito a la inmediatez de los sentimientos que traicionan mi personalidad
impulsiva. Mi felicidad se ha limitado a una simplicidad que insulta mi capacidad
creativa. Estoy harta de mi negligencia, todo lo que me aviva me mata, la
felicidad se mudó con la tristeza, la sabiduría con la terquedad y las
adicciones con el tedio. Ahora habitamos todos en una casa más parecida a un
centro de rehabilitación que cualquier otra cosa, y aunque nunca he habitado o
conocido uno, supongo que así serán. Yo vendría a ser cómo la enfermera jefe,
visitando las habitaciones todos los días, ensuciándome con las enfermedades de
los residentes, salpicada por todos, obviamente mi equilibrio emocional parecería una montaña rusa con un freno de mano que tiraría sin querer de vez en cuando. Cargado,
desordenado y sin sentido, todo tiene forma de roca, como este párrafo eterno
que no he ni releído la primera vez porque mi vómito viene como una corriente
desorientada y adversa.
Fui muy inocente al creer que no pasaría por aquí de nuevo.
No me refiero al hecho de hacerme preguntas con respuestas concretas que son
todo menos una respuesta concreta; me refiero a perderle sentido a todas las
respuestas que encontré. Yo pensaba que en algún momento de la vida, “de la
madurez” uno llegaba a trazarse líneas fronterizas con esos temas delicados que
amenazan con la existencia, y que había ciertos caminos estrechos que se
cerraban por seguridad y cuando uno volviera a acercarse a ellos, saldría
corriendo, lejos, sin ni siquiera ocurrírsele cruzar de nuevo.
Pero heme aquí, frente a la cinta amarilla de letras negras
y rojas que dice “PELIGRO”, un pié dentro, uno fuera, mi corazón latiendo a
mil, los ojos que ríen, la boca que llora: ¿Quién estoy? ¿Dónde Soy? El camino
de regreso era un círculo perfectamente rotulado que conducía directamente al
principio de las cosas, al momento de tomar la decisión de vivir en paz o vivir
la vida. Yo no puedo vivir en tranquilidad, la tranquilidad tiene por efecto
directo la angustia. Y no quiero vivir angustiada cuando no vale la pena la
angustia, valga la redundancia. Las reglas son tan complicadas, los caminos
rectos tan facilistas. Soy un animal hambriento de carne, adicta a los amores
pasajeros, me gusta amar. He llegado a la conclusión de que amar es mi talento,
mi secreto, la sensualidad que cubre mi cuerpo, ese no se qué indescifrable, yo
se amar, soy buena para amar. Me puedo enamorar en cinco minutos, enamorarme de
un hombre distinto durante cada minuto y amarlos a todos al tiempo. Puedo tardar
un año, seis meses, amar con furia o amar pasivamente, puedo amar de todas las
maneras posibles, existentes, lo único que no puedo hacer es dejar de amar. Enamorarse
es tan simple, tan vivo, tan real. Ya la gente no ama, la gente siente muchas
cosas, pero no ama. A mi me gusta sentir el dolor, saborear cada rincón de la
tristeza, de la angustia, del cielo nublado y la melancolía de las mañanas
lluviosas, pero el amor, el amor no se siente el amor se hace. El amor tiene
que matarte y volver a revivirte, el amor tiene que alinearte, te hacer ser
mejor persona, te hace ser peor persona, el amor tiene que descontrolarte,
destrozarte y volver a pegarte pedacito a pedacito, el amor es ese hilo que
cose de nuevo y trae juntas todas las partes formando un nuevo rompecabezas, único,
emocionante, hay veces desordenado pero con fichas que coinciden poco a poco, y
cuando finalmente están juntas unas con otros sin espacios en medio, sin
abismos que las dividan, ahí, la felicidad de la pieza unificada se pierde en
una euforia que extiende las frías mañanas en largas escenas de erotismo a
contraluz. La eternidad incalculable del día convirtiéndose noche y la noche
convirtiéndose en día. Un momento efímero de creación entre la rotación y la
traslación de un planeta que pareciera tener solo dos habitantes, exhaustos de
tanto amar, de tanto disfrutar.
Pero de pronto las fichas vuelven a esparcirse, y la
angustia de no hacerlas encajar nos destruye, nos volvemos entes violentos que
en un intento fallido de hacer coincidir lo incoincidible, arrancan
extremidades para simular la permanencia de formas destinadas al cambio. La
diferencia con un rompecabezas de verdad es que el cartón no es un elemento
conductor ni en constante mutación. Por eso jamás vamos a ser un pieza única,
siempre fichas buscando acoplarse, hacer parte de algo, una necesidad agresiva
de pertenecer.
Soy una adicta más, pero no existe rehabilitación para los
masoquistas. No se de dónde saque la idea de que, no permitir que este instinto
salvaje me lleve a su libre albedrío, me mataría como artista. Aborrezco la
necesidad de pensar en el arte como una espada de doble filo, pero no la puedo
soltar, prefiero clavármela dentro, entregarme a ella, morir derramando mis
ultimas gotas de sangre, sintiendo su efecto mordaz sobre mi, ahogándome con
su veneno. No me quiten la libertad de vender mi cuerpo cuando solo quiero
sentirme como un pedazo de carne que vale tres pesos, no me quiten las mañanas
en brazos ajenos, la posibilidad de morir de tristeza, de aferrarme al
desconsuelo y al olvido, de pensar que vivo mi propia muerte, velo mi propio
entierro, sepulto mi propio cuerpo. No me arranquen de la boca las palabras
hirientes, que como punzadas ataquen los seres que quiere, no me dejen sin
heridas que sanar, sin personas que perdonar, amistades que recobrar, no me
priven de reír bajo los efectos de cualquier alucinógeno, como el de tus
chistes sin sentido, tus imitaciones baratas de cualquier película infantil, o
la hierba que comprábamos cuando no creíamos en nadie, en nada. No me roben las
letras, ni las que leo, ni las que escribo, sobretodo las que le escribo a
ella, esas, sobretodo. Prefiero entregar mi vida en sacrificio, morir en acto
de caridad con ese señor que necesita un trasplante de riñón, dividir mi cuerpo
y que cada pedacito cobre sentido, me rehúso a vivir así, a estar sin estar aquí
¿Qué estoy haciendo aquí?


