miércoles, 29 de febrero de 2012

Me voy para volver



Cada frase de mi lectura parece un beso tuyo en la cintura. Un beso tuyo. Tu y yo. Yo.
Perdí la habilidad de trazar un grito herido en 30 letras, es como si de repente las profecías inocentes cobrasen vida y espera, ahí están, mis historias se vuelan en aves de origami, una habitación repleta de papeles de colores voladores, el surrealismo de mis días que atropella mi ventana y se esfuma a través de ella con mi gran y tortuoso tesoro.

Desde siempre he cultivado esa idea de aborrecer lo que más amo, como esa fascinante sensación de retratar un instante divino y querer morir del desasosiego al contemplar mi vida a través de ese pedazo de papel manchado de un pasado efímero e inexistente.

Pasado, no hay palabra más melancólica y renaciente que haya encontrado. No me molesta que exista, no me incomoda el camino transitado, pero me angustia que no me mires, que no me sientas, que no te asomes en mi balcón ni dejes mensajes en el buzón, me aterra saber que lo único que tenemos en común es precisamente esto, nuestro pasado.
Quisiera dejar de dar vueltas, quisiera no dormir en la estación, tienes la mirada muerta y yo tan lleno el corazón.
Tan cierto es el presente ahora, tan poco del pasado queda ya, ni la pluma, ni el lente, ni el tabaco; Ni lima, ni vos, ni mi papá.
Me estoy sumergiendo en el tic tac, sonreír contigo, dejar de pensar, escribirme menos, vivirme más.
Necesito volarme los sesos, necesito volver a empezar, devorarme un presente delirante y así en un futuro escribiré tres libros sagrados que hablen de ese pasado que hoy comienzo a vivir con libertad.