http://www.youtube.com/watch?v=9vfJ29RJU2w
Ya no es la página en blanco en frente de mis dos ojos, ya no son esas hojas de papel arrugadas y garabateadas, ni conversaciones a medias, ni retazos virtuales de tu ser.
Se apaga la luz de la
habitación, esta vez no iré a dormir, no volveré a la rutina nocturna de
imaginarte, de viajar en versos por tu nuca, deslizarme en silencio por tu
pecho ausente, esta noche la única poesía es tu delicado cuerpo que se balancea
inquieto por mi balcón.
Cierro la puerta de vidrio que
nos aleja de la austeridad de las paredes blancas de mi apartamento, me recibes
con la misma sonrisa que me enredó a tu ego hace mucho tiempo atrás.
Hace frío, lo veo en tus
brazos erizados y en mis manos congeladas. Apenas respiro; No porque me falte
el aire, sino por miedo a perderme en lo profundo de tu aroma. Sigues
sonriendo, no puedo evitar perderme en esa boca y sin siquiera pensarlo mis
labios están tan cerca de los tuyos que puedo sentirte respirar. Busco en tus
ojos algún signo de aprobación pero ellos me reciben con expectativa. Acaricio
con suavidad el pelo que cubre tu pecho endurecido, me despabilo y comprendo la
energía explosiva, casi peligrosa que producen nuestras pieles con el mínimo
roce. Dejo caer lentamente sobre tu boca mi lengua húmeda y un poco alcoholizada;
juego a dibujar con mi nariz figuras circulares en tu frente, tus pómulos, tu
mentón y llego hasta tu cuello. Me dejo tentar por la suavidad de tu piel y
desciendo sin agonía hasta tu pecho, mientras las yemas de tus dedos acarician
mi cabeza. No me asusta el misterio de tu cuerpo, soy una niña inquieta y esta
vez lo que único en lo que puedo pensar es en el placentero recorrido entre tus
curvas y mi boca perversa. Mis manos aprietan tus costillas, inhalas aire y un
delicado sonido brota de tu boca, boca que vuelvo a besar sin detenerme.
Nuestras pieles siguen
erizadas pero esta vez el frío ya no es el culpable, nuestros cuerpos hierben,
se enciende el fuego de tantas noches lejos, el tiempo acumuló un sinfín de
sensaciones que hoy florecen a la luz de esa luna desgarradora, cómplice
nuestra.
Sujetas mi cintura con tus
manos, cierro entre mis dientes tu labio, derrumbo mi cuerpo contra el tuyo, me
atacas con tu mirada y la furia de dos animales se verbaliza en cuatro manos
alocadas y ropa que va quedando regada en el piso húmedo, tan húmedo como tu
sexo que se derrite entre mis dedos. Siento el temblor de tus piernas, lo
vulnerable de tu ser. Mi feminidad en su máximo esplendor que solo vos sabes
hacer relucir, esa que vos me hiciste descubrir.
Ahora estamos en mi cama, la
luz azulada que se filtra por el vidrio me deja apreciar tu cuerpo semidesnudo,
me tomo mi tiempo para disfrutar de esa ficción documentada por no más que mis
ojos, acaricio tu abdomen mientras tu rostro extasiado se retuerce sobre mis
sábanas, saboreo la canela de tu espalda, de tus piernas.
Te das vuelta y me miras, lo
único que escucho decir es un “niñita” lleno de picardía. Abordas mi cuerpo
como explorando un mar lleno de olas que te ahoga entre mis piernas. Me
estremezco, te estremeces. Te miro y me encanta lo que veo, me sientes y te
encanta sentirlo, es una lujuria gloriosa, dolorosa y placentera, fulminante.
Ya no hay piedad en las venas,
cobardía ni vergüenza.
Quito el último pedazo de
algodón que cubre la estela de tu cuerpo en movimiento. Aprieto mi cuerpo
contra el tuyo, nada más dulce que tu rostro jadeante encima del mío, no hay
palabras que den al lugar, entre gemidos vivimos con intensidad el magnetismo
animal de nuestro cuerpo, unido, entrelazado, friccionado por el contraste de
mi blancura. Cada vertebra se asfixia, se desgarra, mueren y reviven las
partículas de nuestra piel que inunda la habitación con un aroma tan grato que
sería pecado conservarlo para siempre.
Llega la madrugada y llegamos
con ella. Y ahí estas vos, frágil, ligera y casi volátil, acurrucada en mi
costado, a mi cuerpo fragmentado en cada cuadro que hasta que salió la luz muy
libres retratamos.
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