miércoles, 19 de octubre de 2011

Siete días para volver a mí.





Este teclado no me va alcanzar, no hoy dónde tantas emociones juntas se dispusieron a hacer erupción al tiempo y derramarse por mis dedos como lava ardiente imposible de detener. Uffffffff, pensé que hoy sería ese mañana lejano e inalcanzable, ese 30 de febrero que tanto busqué en el calendario y que a pesar de nunca encontrarlo siempre esperé.
No lo entenderás, ni por más que te lo explique vas a lograr comprender lo que hiciste en mí, ni yo lo comprendo, pero ahí está el punto, muere todo razonamiento lógico ante lo que me haces sentir, lo que me permites ser.
Si me estuviese refiriendo a un sentimiento de amor o simple cortejo, creo que hubiese comenzado narrando el miércoles pasado, entre música, lluvia, guaro y mucho frío, sin embargo no fueron los hechos de aquella excéntrica noche los que te dan el mérito de figurar por primera vez en mis textos, sino eso que me devolviste esa noche, eso que no tiene nombre propio ni común, eso que apenas hoy mientras caminaba por las calles de Bogotá pude entender con una certeza inconfundible, eso que había perdido y que vos sin tener idea, encontraste.

Supongo que esta es la magia de la vida, encontrarnos con personas que nos devuelven ese polvo de hadas para poder volar de nuevo, personas que ni se percatan de lo que con una mirada, palabra o simple acto genuino pueden lograr. Eso sos vos, mi polvo de hadas, una puerta a casa, a mí. Es tan bueno estar de vuelta, te confieso, te estuve esperando un buen tiempo y no me refiero a ese hombre chato y de pelo negro, sino al que encarnó el mensaje que mis oídos necesitaban escuchar, que mis ojos necesitaban ver y mis manos palpar. Sabes a verdad, a miel del jardín del edén, a hogar, a sueños por realizar y canciones por cantar.
Gracias, gracias por ser la cura a tanta locura, por inyectarme la fuerza que necesitaba y porque sin saberlo reanimaste en cada poro de mi piel la esencia de lo que soy y casi pierdo. Gracias porque hace siete días me diste lo que hasta hoy entiendo, gracias porque al día siguiente te fuiste y sin saberlo, dejaste mucha confusión y miedo que hoy son causa de sonrisas y buenos momentos.

Tantas cosas tan profundas y tantas banalidades, parece que hoy fui víctima de la realidad. Después de una noche en vela y un amanecer largo lleno de preguntas que se fueron respondiendo solas al sonido del reloj que anunciaba los siete días exactos de aquel loco encuentro que como dije me devolvió a mi cuerpo. Siete días para encontrarme en el espejo, siete días para oler a mi de nuevo, siete de días para viajar de vos hasta mí sin perderme en medio. Y después de tanto, poder levantarme y cocinar desayuno para dos, omelets con queso parmesano y un poco de Amelie Poulin; Disfrutar del sol en mi balcón, salir a grabar, jugar a la que sabe lo que hace, a payasear...Encontrarme con ella, almorzar juntas, escribir con la otra mano, sonreír, oler, helado, lluvia, caminar...gastar la tarde en tiendas buscando CDS, libros, esas palabras de aquellos artistas que nos hacen suspirar, caminar media ciudad bajo la brisa, contar historias, regalar miradas, intercambiar secretos, un jugo y una botella de agua, besos perdidos en la brisa que tarareaba... media hora sola en un silla, esperar a tu mejor amiga con bombas de colores solo para no verla llorar...Hamburguesas, juegos, risas, un poco de sabina, este texto y a dormir.
Esto, hoy, te lo debo a tí, al amarillo de tu aura, a esos siete días que me volvieron a mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario