Siempre le cerré la puerta, huía al sentir su presencia, y temblaba cuando escuchaba mencionar su nombre. Cuando se quedaba por temporadas, peleaba con ella día y noche, encabezaba la lista de mis enojos y tristezas y terminábamos durmiendo bajo las mismas cobijas, entrelazadas la una con la otra para atenuar la niebla que bajaba al anochecer.
Una mañana despertaba y ya no estaba, y desde ese día no desaparecía la agonía de su presencia, al contrario, arribaban los nervios de no saber cuando volvería y como haría para detenerla esta vez. Y así como un círculo vicioso, transcurrían los días, los meses y los años, esperando aquella que no estaba invitada el banquete de mi vida para que lo cubriera con su bálsamo amargo.
Pero cómo la vida es irónica y esta vez no sería la excepción, en una de esas tantas temporadas dónde la vi llegar, busqué el traje más elegante de todos, me pinté los labios y celebré nuestro reencuentro, nos tomamos unos vinos, conversamos de la vida, de lo fascinante que era ver salir el sol en las mañanas, y la frescura del viento en las tardes; nos pasamos horas admirando esos artistas Argentinos, nos reímos de la moda de los viejos y hasta en las sillas de un teatro dejamos que nuestras lágrimas mojaran nuestras mejillas.
Ahora puedo soportarla, ahora puedo reír con ella, sus pensamientos alegran mis días, su ingenuidad sonroja mi rostro, su aliento es el mío y sus anhelos se incrustaron en mis entrañas; Ya no quiero ignorarla, ya necesito escucharla, jugar con ella en las tardes, arrullarme con ella en las noches, sentir su calor en la mañana y sonreírle cuando la veo reflejada. Ahora no traigo invitados para evitar atenderla, ahora que te conozco sé que eres mía, entiendo tu alma, entiendo tu mente, entiendo que necesitabas que escuchara tu murmullo, que no venías a torturarme, solo a desnudarte para que pudiera verte entera, necesitaba entender que eras tu alma mía un regalo de Soledad.
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