martes, 9 de junio de 2009

Raúl

Ese día, se llamaba Raúl. Nunca le gustó su nombre, siempre le pareció de mal gusto que un hijo se llamara como su padre, y como el padre de su padre. Seguramente lo único que heredó de Raúl, su padre, fue el nombre y de su abuelo, la tez morena. De niño soñaba con casarse con su vecina, una simpática pueblerina de Vennia, Hija de Don Anselmo y Doña María Esther, los dueños del puesto más grande del Mercado. Pero los años corrieron, y el pequeño Raúl creció y con él crecieron sus sueños, sus ambiciones y las fantasías de niño quedaron atrás.

Ese día, Raúl se miró al espejo. Siempre se creyó un buen partido, un hombre agraciado de mirada seductora y de un sexo que hacía temblar a las mujeres, había aprendido a quererse y hasta desearse, pero no por lo que él veía, sino porque lo que les escuchaba decir a ellas. Dejó caer la toalla que cubría parte de su pelvis hasta su rodilla; Miró al espejo, después se miró el cuerpo y volvió a mirar su reflejo, hizo esto una y otra vez hasta enfurecer y golpear la Pared. Él comprendió, en ese instante, que había pasado su vida alimentando el ego de un hombre desconocido, que había conseguido tejer el mejor disfraz para esconderse de sí mismo, sin embargo, de la única persona que jamás iba poder esconderse era de él, de Raúl.

Ese día, Raúl volvió a nacer. Él sabía que no podría borrar de sus manos la historia que recorrió el hombre sin nombre, sabía que había perdido demasiado tiempo, pero si algo tenía claro, era que todavía no era demasiado tarde.

Ese día, Raúl era Raúl.

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