
Mientras la cordura caía por las escaleras del inmueble, arriba, el humo del cigarrillo y la maleza dejaban alucinar un cielo idóneo, repleto de angelitos negros que circulaban por los pasillos; El mantel escoses que cubría la mesa de madera, si ese mantel, resaltaba mas que de costumbre; Encima suyo un ágape sorprendente entretenía a todos los presentes. Luego sucedió, maldito ritual.
Dos pasos que en realidad no eran pasos pues pasos solo los da quien tiene pies, piernas, carne y hueso bueno y algunas articulaciones sin duda alguna. Igual se acercaba, ahí estaba. El viento imprudente hacía de mí su instrumento, escuchó mis más recónditos secretos y me arrastró a la boca del diablo, al fruto prohibido, al placer denegado. El lo entiende, a él le encanta, me arrancó el vestido y las medias, se adentro como niño en entrañas y decidió ser mi otra cata o tal vez la verdadera, porque sin dos, la princesa esencia perdería un ala o quizás un ojo y su destrucción causaría gigantescos desastres. Sabía que pasaba, lo entendía aunque el voltaje era enorme y quien sabe cuanto tiempo aguantaría pasar por aquel digno proceso de un masoquista sin solución.
Mientras tanto, en el alto firmamento las risas se convertían en melodía, las pieles seguían rozándose y los escotes se derramaban por los cuerpos. Se acercaba, lo sabía sin siquiera verlo, podía sentirlo. Mis piernas temblaban y los escalofríos endurecían mis pechos. Su presencia me extasiaba y era suficiente para causarme excitación. Sí, ahí estaba rodeado de unos cuantos, hecho que ya ignoro o por lo menos de eso intento convencerme, la verdad para salvar la consciencia, bueno ese barniz al que llamo consciencia porque detrás de eso esta la moral, moral para el pueblo, para evitar las aguas turbias y ajustar esa máscara del día a día. Renzo tomó la palabra para dirigirse a el, seguramente iba a hacer otro de sus chistes típica forma de llamar la atención, habló un buen rato, no escuchaba mucho lo que decía la música estaba fuerte e intentaba concentrarme en lo que me decía Jimena.
Seguía llegando gente, y Jime y yo nos reíamos de todo y de nada, cada vez que estamos juntas es igual, hay jime como te quiero. Volteé a mirarlo de nuevo, no deje de hacerlo en toda la noche. No se si fue el alcohol, condeno mejor a la traba y es que cuando la gente se aloca el tribunal sentencia al condenado.
Sabía que lo miraba, que lo deseaba, yo desvariaba en silencio de forma discreta temiendo a ser descubierta, quizás por mi falta de experiencia no era mas que una novata en esa nube, mis alas todavía no crecían pero yo intentaba volar junto a los cóndores que me rodeaban. Miré de nuevo, seguía ahí, recitando las palabras de aquél personaje que un día encarnó en el teatro de sillas carmesí, conocía de memoria esos tres segundos entre cada palabra, la extensión de las conjunciones, la articulación exagerada…De su boca salían increíbles historias, el romanticismo de Velarde, las filosofías de Borges, numerosas anécdotas, en fin. Y esa mirada profunda y seductora que te penetra directa e imponente para llevarte a fantasear a universos paralelos, sus ojos delatan esa picardía de travieso, la traba los hacía más interesantes, deseables y mi entrepierna comenzaba a sudar.
Y ahí estábamos, en la vía láctea que ofrecía una luz tenue e incitadora, los cometas giraban alrededor nuestro cada vez más rápido, cada vez más rutilantes, resplandecientes en plena noche, nuestros cuerpos flotaban desnudos permitiéndonos así disfrutar de nuestra anatomía, no había lugar para la vergüenza, la euforia preponderante era reina y señora en aquella dimensión. Éramos todos iguales, todos humanos condenados por el mismo pecado. La luz de los astros calentaba nuestros cuerpos entrelazados y ahí estábamos, sin palabras, sin principios, sin motivos atrapados en la más hermosa fantasía, vestidos de locura atados de pasión.
Un destello de luz invade mis pupilas y ante mis ojos la misma sala repleta de gente y Jimena que conversaba con un pelirrojo porque yo no le prestaba atención. Lo vi entrar a la cocina mientras soltaba una risa burlona, lo seguí con la mirada hasta que se lo tragaron las paredes. Alguien me llamaba desde el balcón, me volteé dirigí mi mirada hacia la mampara y me topé con una agradable sonrisa, sus ojos pequeños y fuera de orbita escondían la alegría de verme allí esa noche. Llevaba puesto el traje negro que compró dos años atrás y mandó a arreglar apenas un día antes de usarlo, que bien le quedaba el terno, me hacía recordar la historia que existía detrás de esos botones blancos, historia que le dejo a mi inconsciente. Yo le devolví la sonrisa, era agradable verlo y estar juntos en aquél lugar, sin darnos cuenta nos comimos la imposibilidad y borramos las distancias. Era divertido, extraño y solo nosotros comprendíamos el valor del momento, y muy dentro de mí una satisfacción incontrolable aceleró mi pulso, supongo que no era la misma satisfacción que conmovía a Antonio, algo parecido, pero no exactamente. Sentía la sangre fluir por mis venas, me llene de escalofríos. ¡Victoria!
Todo comenzó con una fijación y se convirtió en una obsesión que se apodero de mis pensamientos, pero ahí estaba, tocando la magia con mis dedos, saciando esta sed a lo imposible a lo bizarro, a todas esas cosas ajenas al mundo donde crecí, y eso si que es un gran dilema.
Yo estaba payaseando, haciendo muecas mientras Antonio se reía. Eran más de las dos de la mañana, el tiempo parecía haberse detenido. De pronto todo se volvió confuso, me sentía mareada, todo giraba a mí alrededor y las miradas estaban puestas en mí. Sentí que el aire me faltaba y me dirigí hacia el balcón, necesitaba refrescar mi cabeza que amenazaba con explotar. Me asomé y el imponente mar me recibió con una serenidad increíble yo en respuesta le hice una reverencia. Empecé a jugar con el viento, a bailar con la nada y hablarle al vacío. Una vos me llamó desde lo profundo, era confusa pero entre el murmullo escuché mi nombre. Miré hacia atrás, parecía un circo andante y hacia el horizonte un público paciente; Era entonces el momento, sabía que tenía que llegar pero me negaba a dar un paso para adelante o para atrás. Respire profundo una y otra vez, pasaron diez minutos entonces comprendí o bueno, lo acepté.
Un réquiem se entonaba a lo largo del cielo y con una triste pero agradable venia abandoné el elenco. Caminé en dirección al mar, sin pensar en nada. La melodía se hacía más y más fuerte, parecía que enfurecía y yo empecé a correr hasta llegar al malecón. Tenía que huir, estaba dispuesta a saltar y sin pensarlo dos veces me impulsé y salté. Empecé a caer rápidamente, cerré mis puños y me abracé esperando el momento, esperando el final.
Abro mis ojos, toco mi cuerpo rápidamente, me levanto de la cama y corro hacia el espejo. Me recojo el pelo y recorro mi cuerpo con mis ojos. Ahí estoy, respiro profundo al ver aquella pequeña silueta que se refleja en el vidrio, miro el reloj, son mas de las dos, recuerdo entonces que hace unos años todo cambió desde el día que te dije, YA NO.
Me gustó mucho, Sofi.
ResponderEliminarHay partes super fuertes y escalofriantes. Jaja. Lindo.